Bangkok, la consagración del viajero

Bangkok, la consagración del viajero

Por Melina Noel Mansilla especial para Revista Latitud

Llegar a Bangkok es abrir la puerta a un lugar tan terrenal en la vida real como idílico en los sueños de trotamundos, es la meca de los viajeros. No has visto todo hasta que no caminas por Bangkok. 

La ciudad es colorida, con un evidente predominio de los tonos del sol: amarillos, naranjas y dorados aparecen en manchones urbanos que nos recuerdan cuan devota de Buda es su gente. 

Sí, Bangkok cuenta con cientos de templos budistas diseminados por toda la ciudad. El caminar descalzo de sus monjes se pierde entre los mercados improvisados, las veredas invadidas por turistas, las anchas avenidas, las plazas con sus árboles de mangos maduros y los toldos innumerables del comercio callejero, sustento económico básico de la gente de a pie. 

Este mundo caótico a la perfección, exponente del orden en el desorden, hace que la combinación absurda en cada cuadra de masaje tailandés, sastrería, comida thai, ictioterapia (tratamiento para pies con peces garra rufa), venta de productos y servicios de todo tipo no sólo que no molesta, sino que fascina. Sólo en la Tailandia esta mezcla desordenada lleva las fronteras de la tolerancia a los límites de lo inimaginable y… aún más allá.

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El ajetreo cotidiano de las calles y puestos de venta callejera de la ciudad.

Dos caras de Bangkok

De Día

Bangkok es la dicotomía entre el día y la noche. Bajo el sol del trópico, el ajetreo de la ciudad es un péndulo entre el silencio y magnificencia de sus templos budistas y el bullicio despreocupado de los regateos en el mercado y las curvas violentas de los tuk-tuk, motocicletas de tres ruedas que recorren sin tregua la ciudad. 

Los tailandeses hacen sus ofrendas diarias, venden los productos de su tierra en puestos callejeros, los niños van a las escuelas públicas y privadas en sus uniformes azules, mientras miles de visitantes buscan desorientados el Gran Palacio, el Templo del Buda Reclinado o el Río Chao Phraya (el más largo del país).  

No es recomendable pedir indicaciones en la calle porque llevarán al desprevenido a sitios en los cuales de seguro no tiene ningún interés. Así transcurre la vida en este rincón de Asia. 

Y de Noche

Al llegar la noche parte de la ciudad se transforma; sus sombras más oscuras se ocultan detrás de carteles luminosos. La alegría exacerbada de turistas entusiasmados por “proezas” que nunca harían en su tierra y los sueños hippies trastocados por Hollywood convierten a la calle Khao San Road en un hervidero de gente cada noche. 

No se puede negar que el escenario es por demás entretenido y forma parte de los must-do de quienes visitan la ciudad.  

Un muestrario de todo lo que la capital tailandesa tiene para ofrecer en materia de gastronomía, diversión y souvenirs de viajes se concentra aquí. 

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Algunos de los numerosos recintos del Gran Palacio de Bangkok.

La comida callejera es de excelente calidad y su sabor difícilmente pueda compararse al de los restaurantes de comida thai de otras latitudes. No obstante, a medida que transcurre la noche los colores vivaces de la ciudad se diluyen en espectáculos montados para turistas que poco o nada tienen que ver con la idiosincrasia de su gente y sus principios budistas. Sin embargo, al amanecer Bangkok despertará nuevamente radiante, con sus colores al natural y sus veredas lavadas en un esfuerzo consciente por aliviar resacas ajenas. Y regresa a su vida habitual.

“Tailandia ha sido uno de los pocos países de Oriente que no ha escrito su historia bajo el yugo de alguna potencia europea

Si bien es bastante cierto que los ojos de los turistas encuentran belleza donde los demás solo ven rutina, las escenas de Bangkok son de otro mundo. Un mundo sin las tachas del colonialismo eurocentrista. Efectivamente, Tailandia ha sido uno de los pocos países de Oriente que no ha escrito su historia bajo el yugo de alguna potencia europea. Tal vez esto convierte a Bangkok en una ciudad auténticamente asiática que no necesita esforzarse para gustar. 

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El Gran Palacio de Bangkok, uno de los atractivos más visitados de la ciudad.

No se trata de su estética; allí no radica su valor. Se trata de su mística retroalimentada por estímulos multisensoriales. Bangkok es el himno nacional que se suena religiosamente dos veces al día, es el devenir del tránsito en una ciudad que alberga a más de 8 millones de habitantes, es la sonoridad amable de su idioma intercalada con lenguas foráneas de turistas, viajeros y aventureros. 

“Las personas no hacen viajes, son los viajes quienes hacen a las personas”

Bangkok es el aroma dulce a coco, lo acre del pescado seco, el vaho de sus calles siempre húmedas y la fetidez desopilante del durian. Es el sabor sublime de su pad thai, sus frutas deliciosas dulces en extremo, la frescura del lemongrass y el vigor de sus curries en el paladar. Es también la intensidad de sus masajes en la espalda, es el chapoteo de la lluvia tropical intermitente, son las manos de su gente que se unen en un saludo reverente. 

Bangkok es la consagración de los viajeros. Las personas no hacen viajes, son los viajes quienes hacen a las personas.

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