Cuba y una revolución que la diferenció

 Cuba y una revolución que la diferenció

Por Claudia Stavron especial para Revista Latitud

Pensar en el Caribe es pensar en playas maravillosas.

Atraída por conocer esa Cuba de estilo colonial español, pero marcada a fuego por la Revolución, buscaba algo más que disfrutar del mar y la playa. Mi sueño era hacer un viaje más cultural. Poder estar en la tierra que trazó una historia distinta; donde nuestro Che cuelga tanto en todas sus tiendas como en la memoria de los cubanos aferrados a los sueños revolucionarios. 

Cuba Revolución

Fui atraída por la mística de una tierra amada por pensadores y escritores como José Martí o Ernest Hemingway, que la eligió su hogar durante 22 años y escribió las mayores obras a la sombra de la Revolución. 

Estuve varios días en La Habana. Sabía que debía confundirme como una cubana más para comprender su realidad y descubrir las huellas de lo que pretendió ser un cambio radical en la vida de la isla. Comencé visitando escuelas, entrevistando a docentes y charlando con los chicos sobre cómo eran sus clases, el ritmo escolar y el nivel educativo. Fui con la premisa de que en Cuba casi no existía el analfabetismo, de que sus científicos son brillantes, y los médicos, prestigiosos a nivel mundial. De que se destacan en las olimpíadas deportivas y que dieron a luz a grandes escritores. 

Cuba Revolución

 Seguí por meseros, taxistas, vendedores… grabando cada charla y aprendiendo de sus relatos. Lo mejor fue sentarme en una plazoleta y descubrir por esas cosas del destino a un correligionario que combatió junto al Che. Pude darme el lujo de hacerle un reportaje completo sobre sus hazañas durante los años de lucha. Le arranqué varias anécdotas increíbles, en especial de un Che que en Argentina luce como una imagen de remera de aquellos que creen en leyendas sin conocerlas. En Cuba es un héroe. El único (casi indiscutido) de esa gesta revolucionaria del 59 que abrió una grieta que persiste hasta el día de hoy. Horas y horas de charlas enriquecedoras. Testimonios vivos que murmuraban su verdad, temerosos de ser escuchados. 

Es difícil hacer una síntesis de tanto. Entendí que la edad era algo que marcaba la diferencia: el pueblo estaba dividido entre los mayores de 65 años que fueron protagonistas de las heroicas luchas contra el dominio imperialista, apoyando el cambio que creían traería justicia, equidad, trabajo, vivienda, salud y educación para todos.  Los más jóvenes, en cambio, decían que ese sistema solo había traído falta de libertad, aislamiento, miseria, hambre. Y, aunque se afanaba de ser equitativo, no tuvo nada de justo. 

Más allá de toda conclusión política, la realidad es una Cuba congelada en el tiempo. Mucha pobreza.  Mucha mística. Muchos sueños truncados. Los viejos cuentan sus historias, sentados en sus sueños. Los jóvenes se quieren ir. 

Mientras la recorría sentía que estaba en otra época. La Habana semejaba una postal de los 60. Después de caminarla de punta a punta, sentí un raro placer, ese de haber viajado por el túnel del tiempo y haber entrado en rincones color pastel, autos viejos, gente amuchada en casonas destruidas, colas y colas de gente en los negocios para comprar, por ejemplo, en las farmacias, la mayoría buscando eso que no se consigue. No me preguntes por qué, pero disfruté recorrer el malecón al atardecer, punto de encuentro de cubanos y paseo elegido por turistas. Gente bailando al compás de la rumba, mucha botella de ron compartida. 

Cuba Revolución

Si me preguntaran, diría que los cubanos son gente amable, cultos, respetuosos. Pero tienen una alegría triste. Su sangre los invita a sonreír, a divertirse… su mísera realidad esconde disimuladamente el dolor de sus falencias, del querer y no poder. Es un placer verlos bailar rumba. 

Me di el gusto de ver los cañonazos en el Viejo Fuerte, de pasear por el castillo Tres Reyes Magos, y de caminar por la Habana Vieja. Esa parte de la ciudad tan mística, con calles estrechas, por momentos sucias, con edificios abandonados, donde se veían muchas familias viviendo apretadas, gente pidiendo limosna… Y, al seguir andando, aparecían muros bien cuidados en tonos pasteles, hoteles como el Sevilla o el Ambos Mundos, donde se hospedaba Hemingway. Librerías, museos, restaurantes… toda una puesta en escena para atraer a los turistas, casi la única esperanza de obtener dinero.  Había que cerrar la noche, no podía ser de otra manera que tomando un trago en «El Floridita», la cuna del daiquiri: ese famoso bar visitado asiduamente por Hemingway, que dejó su bronce sobre la barra del bar.  

Cuba Revolución

Tenía una cita obligada: el museo de La Revolución. Antiguamente era la sede del gobierno, y fue convertida en el museo que conserva material de la Revolución. Después, rumbo al Capitolio, el gran Teatro de La Habana, Alicia Alonso, hasta la plaza de la catedral, donde frecuentemente se realizan ferias.

 Obviamente, quise pasar por La “Bodeguita del medio”, una leyenda entre los bares más representativos de Cuba. Y por el museo del ron, el Havana Club. Caminé por el Paseo Martí, rumbo a la Plaza de la Revolución, donde la estrella es el edificio del Ministerio de la Industria, que muestra la impactante imagen del Che. Al lado del otro edificio se ve un gigante Camilo Cienfuegos. 

Sensaciones y emociones muy fuertes venían a mí sentada en la plaza leyendo “Hasta la victoria siempre”. 

Cuba Revolución

Una estadía lo suficientemente larga como para seguir paseando. Más que paseo, era un descubrir ávidamente, cada rincón, cada costumbre, cada vida de esos habaneros con los que charlaba. Quise darme el gusto de vivir la aventura única de pasear en un «taxi coco”. Paseo que incluye un improvisado guía que te cuenta lo que quieras sobre su amada tierra; todo por pocas monedas.  

Así como hay una hora del té en algunos sitios, o el happy hour en otros, en La Habana se impone sentarte en la Plaza Vieja, y, de ser posible, tomar el mejor mojito del Caribe. 

Para el viajero que quiere un plus, también puedo hablar de playas. Las hay variadas, pero todas paradisíacas. Sí, las típicas de arena blanca, palmeras, y aguas transparentes y cálidas. El problema es el transporte. Las rutas están en mal estado y llegar por tierra es una casi una tortura, salvo a Varadero, la más cercana a La Habana. 

Varadero es precioso; se llega en 4 horas en bus. Por eso es la más accesible en cuanto a precios y traslados. Y, al ser para turistas gasoleros, es la más concurrida. Eso le quita belleza y tranquilidad respecto de las demás. 

Los Cayos son pequeñas islas con una playa de baja profundidad, prácticamente piscinas naturales. Verdaderos paraísos. Eso sí: fuera del hotel, no encontrarás nada de nada. 

A casi todos se llega únicamente en avión. La aerolínea cubana es la única opción. Un capítulo aparte en este relato.  Nunca olvidaré esa experiencia. Te pasan a buscar a la madrugada por tu alojamiento en La Habana, porque los vuelos rumbo a Los Cayos salen muy temprano.  Te dejan en el medio de la ruta, oscura y desierta. Mientras te devoran miles de mosquitos, te sacude la incertidumbre por lo desconocido. Eso que ellos llaman aeropuerto es un cuartito abandonado en medio de la nada, que no siempre está abierto cuando llegás. Una espera de horas, con la compañía de un ventilador tirando aire caliente, los turistas se agolpan buscando inútilmente a alguien que responda sus preguntas. El viaje es precioso; se sobrevuela muy bajo por las hermosas costas de la isla, planeando como vuelo de pájaro. 

Cayo Coco y Cayo Guillermo son los más visitados y con mayor concentración hotelera. 

Cuba Playa

Cayo Largo y Cayo Santa María son los menos elegidos, y eso los convierte en más vírgenes y desolados; secreto de su mayor belleza natural.  

La mayoría de los hoteles también sufrió el paso del tiempo. Se les nota un lujo que quedó lejos, tan congelado como toda Cuba. Son preciosos, pero están descuidados. Son del tipo all inclusive, pero la comida y la bebida dejaba mucho que desear. No todo funcionaba como debía. No todo brillaba como debía. De todos modos, todo se olvidaba al pisar la arena; blanca y suave. Hay palmeras y una piscina natural de agua cálida, limpia y transparente. 

Conclusión: elegir este destino es buscar algo más que playas soñadas.  Atraen su cultura y el afán de conocer más sobre su historia y entender por qué quedó presa de los años 60. 

La historia de los pueblos puede ser narrada según quién y cómo lo haya vivenciado. Te pueden decir, podés leer, pero nada es como estar ahí; verlo y sentirlo por vos mismo. 

Cuba fue, es y será una de esas experiencias que te marcan. Colonizada primero por los españoles, luego dominada por Estados Unidos… luchó por su libertad como ninguna otra isla del Caribe. Pero, en el intento, cayó en un pozo del que no puede salir. Y, en medio de sus batallas; la gente, su tristeza, sus necesidades. Y la fisonomía de sus ciudades, calles, autos y casas muestra el olvido de quienes no quieren (o no pueden) hacer algo por ellos. 

Elegir Cuba como destino es atreverse a vivir una aventura inolvidable, un verdadero aprendizaje. Pero hay que tener bien en claro que volar en sus aviones rumbo a los Cayos puede ser una verdadera odisea; que sus hoteles all inclusive, faltos de mantenimiento, están lejos de ser los lujosos de las otras islas. Que pretender wifi es irrisorio, y que conseguir agua embotellada es más difícil que obtener un buen ron.  

Cuba: placer para pocos. 

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