Mercados. Una latitud de sabores y saberes

Por Maricel Pelegrín (*) Especial para Revista Latitud

Mercados. Una latitud de sabores y saberes

¿Alguna vez se han puesto a pensar si existe ese lugar en donde nuestros cinco sentidos podrían contravenir las leyes biológicas incrementando su número? ¿Les parece que exagero, que resulta imposible que esto suceda? No lo crean, amantes de los viajes. Porque si han tenido la oportunidad de asomarse a los mercados, lo que les digo lo habrán podido seguramente experimentar. Justamente de estos espacios tan singulares quiero contarles. ¿Se animan a acompañarme en este recorrido por la fascinante energía vital que atesoran estos lugares?

Los viajes, la mayoría de ellos movidos por mi necesidad de registro etnográfico como antropóloga cultural, me han llevado a descubrir, por ejemplo, los mercados de los confines andinos. Sus alturas del altiplano, las profundas quebradas y los frondosos valles, ofrecen a sus hombres de maíz desde antiguos tiempos, los dones que el vientre generoso de Pachamama les otorga. Andenes de cultivo y una compleja red de acequias, son fiel testimonio de esa agricultura tecnológicamente apropiada a la geografía, cuyos preciados frutos se ofrecen en los mercados regionales. Los invito a cerrar por un momento los ojos y abandonarnos en los brazos de esos mercados, donde las creaciones de la Madre Tierra y el esfuerzo cotidiano de sus campesinos, nos impregnan el alma con fragancias y matices arrobadores.

mercado central- Valencia
Mercado Central- Valencia

¿Cómo no evocar la intensa memoria viva del mercado de Chichicastenango y esas máscaras zoomorfas que parecen interpelarnos, o el de Antigua Guatemala, con su variedad de frutos de tierras donde la primavera jamás se retira Y el de San Andresito en Barranquilla con la variedad de frutas tropicales que prodigan las tierras calientes del Caribe a sus nativos?.
Si cruzamos la Mar-Océano la tradición de los mercados nos acompaña en el Viejo Mundo. Catania, en Sicilia, tiene el mercado de pescados con el producto que ofrecen los mismos pescadores que cada día salen al alba para tender sus redes sobre el Jónico. Imposible sustraerse a la melodía de sus pregones en dialecto, imposible olvidar la escena teatral que queda a partir del mediodía. Las aves marinas se adueñan del lugar disputándose los despojos.

No puedo olvidarme del mercado de la Boquería en Barcelona o el de Santiago de Compostela con nutridos pabellones dedicados a los frutos del mar. Acaso muchos pueden creer a priori que París, ciudad luz, cuna de la moda y las tiendas lujosas, no tiene estos espacios de comercio informal. Muy por el contrario, los mercadillos se suceden en sus calles. A metros de la histórica plaza de la Bastilla hay uno con una oferta muy variada que incluye carne, quesos, frutas, indumentaria, artículos de bazar y perfumería. De todo como en botica.

Frutas del mercado
Frutas del mercado

Pero ahora, si me lo permiten, me gustaría compartir con ustedes, apreciados lectores de Latitud, dos de estos sitios a los que le tengo particular afecto: el Mercado de Colón y el Central de Valencia en la Costa del Azahar, España. Ustedes se preguntarán acerca del motivo de mi predilección, primero, los lazos familiares, una parte de los míos más queridos vive allí. Segundo: ¿Pueden ustedes imaginarse una ciudad donde conviven pasado y presente de la manera más armónica? A las pruebas me remito. Su casco histórico antiguo, en el barrio del Carmen, tiene ruinas romanas de la Valentia Edetanorum y los trazos de los  árabes en los restos de la muralla que persisten fragmentados aquí y allí, junto a esta dimensión temporal, está  la Ciudad de las Artes y las Ciencias, una arquitectura vanguardista creada por el arquitecto Santiago Calatrava.

Mercado de Colon -Valencia
Mercado de Colón -Valencia

Sin embargo, lo que siempre me deslumbró de esta ciudad mediterránea, fue otra convivencia. ¿Cuál es? La de su tejido urbano con la huerta. Sí, amigos, Valencia es su huerta y la huerta es Valencia. Poco ha podido hacer en este sentido el avance de la urbe. En mi reciente viaje pude estar casi literalmente con un pie entre los surcos de alcauciles y otro a escasa distancia del Ágora hipermoderna de Calatrava. Este vínculo se consustancia en el Tribunal de las Aguas de Valencia que reúne cada jueves desde hace mil años a los hortelanos representantes de las ocho acequias para dirimir sus pleitos.

Es en este contexto donde se instala el maravilloso Mercado Central, evaluado como el más grande de Europa, que queda justo enfrentado a la gótica Lonja de la Seda. ¿Qué esconde su prodigiosa estructura, esa auténtica “catedral” de nervios de hierro y encaje de vidrio con marcado estilo modernista valenciano? Nada más y nada menos que los tesoros de esa fértil huerta y de las tierras ibéricas. Ya al ingresar nos aguardan los estriados tomates valencianos, de rojo encarnado, los denominados corazón de buey, néctar de dulces jugos, las inigualables naranjas valencianas, sello y orgullo identitario.

¿Hay gnomos en el mercado? Quien se atreve a negarlo cuando se acerca a los puestos que exhiben los más variados hongos con “sombreros” que podrían escamotear a silfos, elfos y toda su familia menuda. Pero también hay puestos donde nos aguardan verdaderos sabios en la especia más cara del mundo. ¿Saben cuál es? Sí, el azafrán, que con delicada técnica siguen recogiendo manualmente para dar el toque mágico de sabor y color a las exquisitas paellas y los arroces melosos o caldosos. Pero el patrimonio gastronómico de este mercado es inagotable y quienes llevan al frente sus puestos de jamones y quesos, de carnes y pescados, como de tantos otros productos frescos, saben que en sus manos está el tesoro y el conocimiento tradicional de antiguas y nuevas generaciones.

puesto de frutas
Puesto de frutas – Mercado central de Valencia

Siempre que he transitado este mercado un estado de exaltación perceptiva me ha gobernado a su antojo. Cómo no pensar y desear que nuestros sentidos se reproduzcan en muchos más para que nuestro ser se recree ante tanta belleza que nos ofrece la naturaleza por obra del trabajo del hombre.

 

MARICEL PELEGRÍN

Doctora  en Antropología Cultural de la Universidad de Buenos Aires, profesora titular de Prehistoria y Antropología General, Etnología y Folklore en la Universidad del Salvador. Trabaja como investigadora de la cátedra EIDECA y pertenece  al equipo de investigación de Historia del Folklore en la Academia Nacional de la Historia. Produjo documentales y dirige Talleres de Cine Antropológico en la UBA, UNA y en la EAC, Chacabuco.

Autora de numerosos libros, entre ellos Cuando la salud viene de la tierra, Entre piedras y adobesTejiendo la vida, El agua… hace su camino y Morir en el monte.

Comentarios

  1. Espléndida la nota de esa pluma fluida que caracteriza el estilo de la Dra. Pelegrín. Muy interesante esta evocación de los Mercados, lugares emblemáticos que cualquier turista debe necesariamente visitar. Muchas gracias amigos de Latitud y los mejores augurios para el emprendimiento.
    Saludos cordiales
    Claudia Alicia

    • Hola Profes! Las saludos a ambas, acá Maricel de Turismo Pilar 2015, las recuerdo con mucho cariño, un placer leerlas aquí! Excelente la nota!

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