Refugio Frey: una aventura de altura

Una aventura de altura

Por Agostina Garnica en especial para Revista Latitud

Refugio. Del lat. refugium. Estructura construida en una cumbre o en un sitio ubicado a gran altura para brindar amparo a los  viajeros o montañistas. Esta es la definición de lo que es un refugio según un diccionario. Pero quiero contarles que desde que estuve en el refugio Frey, hay muchas más cosas por decir de lo que es un refugio. Es que ahí todo es buena vibra.

Antes de ir a lo que les adelanté, voy a empezar por el principio. 

Refugio Frey

El refugio Emilio Frey

Está ubicado al pie de la aguja Frey, rodeado de torres y agujas rocosas y a orillas de una laguna, a 1700 metros sobre el nivel del mar. El nombre es un homenaje al ingeniero Emilio Frey. 

El día anterior a conocer este increíble e inimaginable lugar, no teníamos programado que visitar. Así que se nos ocurrió hablar con Isabel, una excelente y amable recepcionista del hotel en el que estábamos alojándonos. Le contamos que no teníamos planes y nos dijo: “Sin dudas, vayan al Frey. Es un lugar que no se pueden perder”. Así que decidimos seguir su consejo.

A las 8 am del día siguiente, estábamos esperando el colectivo 20 que nos llevaría a nuestra próxima aventura. Lo tomamos en una parada céntrica y nos dejó justo en la base del cerro Catedral. Desde la parada caminamos unos 300 metros por la playa de estacionamiento y  pudimos ver un gran cartel de madera que daba comienzo al camino de subida al refugio. 

Todo está muy bien señalizado, con flechas y también con círculos rojos en las piedras que te van indicando el camino. Durante las cuatro horas que nos llevó la subida, nos encontramos con paisajes de cuentos de hadas. Es que no encuentro mejor forma para describirlos: Todo era perfecto. Subidas y bajadas. Puentes, algunos más grandes y otros más chicos donde pasaban cursos de agua increíblemente transparentes. Puntos panorámicos para ver el Lago Gutiérrez, flores de todos los tamaños y colores, aves reposando y otras volando. Árboles petrificados por la ceniza que expulsó el volcán Puyehue allá por el año 2011.

Refugio Frey

Nos encontramos también con un hermoso perro negro en el inicio, que pertenece al refugio. Llevaba un collar de cuero marrón con su nombre y acompañaba a todos los que estábamos haciendo el camino. Nos cruzamos con viajeros adultos, viajeros jóvenes, viajeros hablando diferentes idiomas y hasta familias enteras con niños. Nadie se conocía con nadie, pero todos nos saludábamos. Corrían el hola y el chau por todos lados, también las típicas preguntas que daban inicio a charlar: ¿Hace cuánto caminan? ¿Cuánto falta para llegar? lo que hacía más ameno el camino.

De camino descubrimos miles de cascadas, algunas con más agua que otras pero todas eran mágicas. Paramos a descansar, llenamos nuestras botellas de agua natural y nos sentamos a orillas de una, mientras nuestro compañero perruno se bañaba.

Antes de llegar, hay una parada intermedia con mesas y bancos donde podes quedarte.

Refugio Frey

Y por fin llegamos a la cima, donde nos recibieron muy bien. Observábamos la destreza de los escaladores sentados en una roca mientras comíamos una excelente pizza y unas empanadas que preparan en el refugio.

Más tarde, nos sentamos en frente de la espectacular laguna de color verde y azulada que lleva el nombre de “Laguna Toncek”, tomamos unos ricos mates con agua calentita que nos dieron en el refugio. En este lugar todos están a favor de cuidar nuestro planeta. Así que nos propusieron darnos agua caliente y no a cambio de dinero, sino a cambio de que cuando emprendiéramos nuestra bajada, nos lleváramos dos bolsas de basura para tirarlas en los cestos. Así fue, por supuesto. Unas horas más tarde ya estábamos de regreso y las bolsas en su lugar correspondiente. 

Subimos y bajamos en el día porque al otro día seguíamos nuestro recorrido. Sin pensar que las expectativas que teníamos del lugar se iban a superar. Y sí que nos equivocamos! Con una carpita nos hubiésemos quedado más tiempo. Disfruté increíblemente de todos los paisajes y la energía que hay en todo, te renueva. 

Agostina Garnica

No se puede explicar con palabras lo que se vive. Los invito a que luego de leer esto, cierren los ojos y se imaginen en ese lugar. Yo me imagino sentada frente a la laguna, rodeada de amigos y de montañas, algunas con un poquito de nieve. También me imagino observando las miles y miles de estrellas. 

Porque los mejores viajes se viven tres veces: Cuando los soñamos, cuando los vivimos y cuando los recordamos.

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